EL ZORRO Y LA PERDIZ (Fábula)

Raúl Otero Reiche 

Andaba paseando el zorro
cuando encontró a la perdiz.
– ¡Te como! gruñó.
– ¡Socorro!-
gritó la pobre infeliz.

Mas, luego de entretenerlo,
le dijo, -Quizá le cuadre
lo que voy a proponerle
si no me come, compadre.-
– Vamos a ver qué es el trato,
pero abre luego ese pico-
contestó con arrebato
relamiéndose el hocico.

La perdiz, muy zalamera,
le dijo como al azar:
– Oiga , compadre, ¿quisiera
que le enseñe a silbar?-
– Y, ¿cómo?
– ¿Acepta?

– ¿No es largo,
comadre, el primer ensayo?
– De la lección yo me encargo
tan bien como el papagayo.

– Pues a empezar ahora mismo
y ponga gran interés
porque a mí me da lo mismo
comerla antes o después.-

La perdiz consultó sabios,
halló la aguja más vieja
y luego cosió los labios
del zorro, de oreja a oreja.

Desde ese momento el zorro
silvó de noche y de día
y le gritaban: “¡Cachorro!”
las aves que él perseguía.

Viéndole triste y enteco
la perdiz, compadecida,
imagió un embeleco
para salvarle la vida.

Ocultóse en la espesura
cuando el animal venía
silvando con amargura
porque sin querer lo hacía.

Se alzó la perdiz del nido
como haciéndose la loca,
lazó el zorro un alarido
y se le rajó la boca.

MORALEJA
No es bueno contradecir nuestra propia condición
si se tiene que elegir una nueva profesión.
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