La población progresa en libertad y poca presencia del Estado Gobernación y Municipio. Quien sale del cuarto anillo descubre una ciudad que no sabía que existía

Elena Tórrez saca cuentas y ella misma se sorprende. Hace ya dos años y cuatro meses que no tiene la necesidad de transportarse al centro de la ciudad y asegura que en este lugar, donde vive ahora, está casi todo lo que necesita para no tener apuros en la vida.  En la zona Satélite Norte está su casa y su fuente de trabajo, la tienda y el mercado donde puede abastecer su canasta alimenticia, la peluquera que le tiñe el cabello y la farmacia para comprar los remedios, por si alguien de la familia necesitara un medicamento de emergencia. hasta 2012 vivió en el tercer anillo, pero tuvo que vender su casa para salir de un apuro económico y, con el dinero que le sobró, compró otra vivienda más económica en esa ciudadela, de la que ahora es vecina.

Elena Tórrez no miente cuando dice que existe otra Santa Cruz que se construye de sol a sol tras las fronteras del cuarto anillo. Por donde se vaya, las calles y avenidas llevan a escenarios donde conviven mundos paralelos, socioeconómicamente opuestos y en el que cada uno inventa técnicas para enfrentar la vida. Mientras los condominios privados se protegen de la delincuencia con sus muros altos con cercas eléctricas; en barrios populosos, como El Retoño, los vecinos no descartan aplicar un estado de sitio controlado por los mismos vivientes para combatir a los malhechores; y en el colegio del barrio Libertad los profesores se arman de valor para ahuyentar a los pandilleros que, en algunas jornadas, los invaden para pintarrajear las paredes y asustar a los estudiantes.

La portera Angélica Domínguez muestra las paredes y los pupitres despiadadamente maltratados con inscripciones que revelan que las pandillas barriales estuvieron ahí. Y el contraste también lo muestra ella, cuando orgullosa nos lleva a la granja en la que los niños aprenden a producir los alimentos, los que están protegidos por una cerca construida con botellas de plástico y que atrae la mirada de la gente que pasa por la zona. El lugar de los toritos En los barrios más alejados es donde está el punto final de la historia de los micros.

En el barrio El Retoño, Horacio mira a su alrededor y dice que ahí solo existen los trufis y las mototaxis. Estos medios de transporte ‘salvan’ a los vecinos porque los micros ya no llegan, los taxis aparecen de vez en cuando, bajo el pretexto de que temen entrar a barrios de la periferia o porque cobran un ojo de la cara por su servicio y la clientela aminora. “Por una carrera hasta el centro de la ciudad suelen cobrar Bs 40. Y eso es mucho dinero”, reniega doña Vania Galarza, que vive en El Recreo, un barrio que está a un costado de Normandía.

Los conductores de trufis y de motos están organizados en sindicatos. Ellos, de acuerdo al tramo del viaje, imponen sus tarifas, que van desde los cinco hasta los 10 bolivianos, también organizan sus horarios de trabajo bajo el riesgo de enfrentarse cara a cara con la delincuencia. “Yo una vez bajé a un delincuente a patadas de mi moto”, dice Sergio, que se gana la vida manejando una motocicleta china. “Rara vez se ve a un policía”, se queja.  Torito es el nombre que la gente le ha puesto a esos vehículos de tres ruedas que han proliferado en los barrios que están fuera del sexto anillo y que transportan pasajeros y carga que no sea voluminosa.

Efraín Flores compró su motocicleta en $us 4.000. Con esta herramienta de trabajo recorre la avenida Virgen de Luján y sus alrededores. El vehículo, explica, tiene cuatro velocidades, consume poco combustible y en una jornada de 18 horas gana por lo menos Bs 100. La existencia de este exsoldador ha cambiado desde que está al frente de un manubrio, porque ahora dice que ve la vida de los demás mucho más de cerca que cuando estaba metido en una empresa. “La gente me cuenta de todo mientras los transporto, incluso hasta sus pecados”, bromea.  El pavimento no llegó Lorgio Sandóval, otro conductor de un torito, quiere que Santa Cruz sepa que el asfalto no está en todas partes, como algunos pueden pensar, que en los barrios alejados las calles son todavía de tierra y que el alumbrado público escasea igual que la presencia policial.

La gente de a pie tiene sentimientos encontrados sobre el servicio de transporte público. Reniegan de que los conductores pongan sus tarifas sin que autoridad alguna los controle. Pero también los defienden porque si no fuera por los trufis y por las mototaxis o los toritos no tendrían en qué movilizarse. “Incluso trabajan de madrugada”, asegura Modesta Rodríguez, desde su casa de El Quior, donde vive con sus siete hijos y varias veces ha tenido que salir muy temprano a buscar una moto para llegar a la posta sanitaria.   Lujo Pero no solo las motos o lo trufis se ven en el horizonte que está alejado del centro de la ciudad. También hay vehículos último modelo que circulan con los vidrios cerrados entre las calles de los barrios populares para evitar que se les meta el polvo. Fuera del cuarto anillo abundan también las casas de dos plantas, igual que los condominios cerrados, con paradas de radiotaxis en la puerta y guardias de seguridad cuidando el perímetro.

Los cementerios tienen una característica en estas zonas de Santa Cruz. Por lo general no están amurallados y están poco poblados porque nacieron ante la necesidad de los nuevos asentamientos humanos. En el cementerio Los Cusis, Claudia Hoffman acaba de enterrar a su bebé, de un año y medio. Es el segundo hijo que ella pierde sin que los médicos respondan a su pregunta: ¿por qué se mueren mis hijos? Pero una nueva esperanza tiene en su vientre. Está embarazada, de ocho meses, y desde el barrio Nazareth, donde vive, tiene planes para proteger con su vida a su ser querido que viene en camino y que criará lejos del centro de la ciudad.

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